Ritualizar el cotidiano por Facundo Gómez Romero

Todo ritual atesora un segmento de tiempo y una espacialidad singular, sagrado casi; no en la acepción sacra del término sino en referencia a algo especial, peculiar, movilizador y único.
De esta manera, hasta en nuestro día a día y en nuestro propio espacio doméstico “ritualizamos” actos concretos cuya fugacidad no le resta importancia porque resultan imprescindibles, como el ritual de amor que nos enciende las pupilas al acariciar con la mirada a nuestro hijo.

Los fenómenos rituales de otras culturas sirvieron siempre desde los tiempos de Ulises o Marco Polo para reflexionar acerca de los valores y las tradiciones de la nuestra. En la Antropología Cultural existe un ejemplo clásico que data de fines del siglo XIX. Un grupo de indígenas del Noroeste de América del Norte, llamado Kwakiutl, celebraban un ritual muy especial e incomprensible para nuestros parámetros culturales. Era una fiesta anual que englobaba a todas las tribus de la región, denominada “Potlash”. En este ritual, obtenía mayor prestigio dentro de la tribu quien se despojaba de sus bienes materiales más preciados regalándolos, ofreciéndolos a los antepasados e incluso destruyéndolos. Así, bienes producidos artesanalmente con materiales preciosos y con gran inversión de tiempo se regalaban sin ningún tapujo, el acto de desprenderse de ellos, era “sanador” para el espíritu de quien lo dejaba seguir su camino, aumentando el altruismo del personaje en cuestión.
Tal proceder era enteramente incomprensible para un observador “occidental” hijo de la primera revolución industrial para quien lo más importante era acumular bienes materiales, y riquezas y únicamente desprenderse de ellos mediante la venta o el intercambio, cuanto más provechoso mejor. El “Potlash” resultaba así un ritual cercano a la insania mental para un observador capitalista.

Retomando el sentido más “doméstico” del término, existe un ritual que recomiendo al habitante de las grandes urbes de nuestro tiempo y es la observación de la naturaleza. Los espacios como plazas y parques nos ofrecen la posibilidad de tranquilizarnos, aquietar la vorágine del estrés cotidiano y solazarnos con la contemplación de árboles, hierbas, animales y plantas diversas. Todos ellos tendemos a considerarlos como parte de la escenografía de la ciudad y no es así, la escenografía es la ciudad, ellos son pequeños jardines del edén cuya celebración ritual mediante la contemplación nos llena de flores el alma.
Por más que sea un día complicado en la gran urbe, unos diez minutos de observación de algún espacio natural que sea parte de aquélla, vale la pena, porque nos refresca el espíritu y nos trae paz. Este es un ritual maravilloso y mágico y siempre al alcance de nuestro ajetreado día a día.

por Facundo Gómez Romero Dr. en Ciencias Antropológicas con orientación en Arqueología. Especializado en relaciones interétnicas y sistemas sociales de la frontera sur de Buenos Aires hacia mediados del Siglo XIX.

http://www.thelysrituales.com/
thelysbcn@gmail.com

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