El viaje de Don Jorge por La Negra

El 10 de abril de 2013 murió mi padre. Una de sus manos la sostenía mi hermana, la otra yo misma. Se fue por propia decisión y en estado de plena conciencia. Hacía ya varias semanas que había empezado a hablar de su muerte, tal como vivió su vida, sin miedo, con plenitud y coraje.

Mi viejo fue un hombre apasionado, salvaje por momentos. Vivió con intensidad, amó y disfrutó, sembró mucho como dijo su amigo Miguel.

Llegué a mi pueblo advertida del estado terminal del viejo por mi hermano Facundo el sábado antes. Tuve la fortuna de cuidarlo y demostrarle mi amor durante unos escasos e intensos días.
Hablamos con claridad de su partida final, de su pasaje. Le expresamos lo mejor que pudimos nuestro agradecimiento, nuestro amor y nuestra intención de liberarlo en esta partida. Papá: ¡sos libre! andate tranquilo, estamos bien. Cuidaremos de mamá (su gran preocupación). Unas semanas antes la tomó de las manos y hablaron de toda su vida juntos, ¡60 años de aventuras! Para ella es más duro, es viejita y se siente sola ahora, pero es muy fuerte y confía en que él la sostiene desde otra dimensión, no lo dudo.

Me puse una cama junto a la suya y me permitió cuidarlo y mimarlo y besarlo mil veces en estos pocos días. Mis hermanos lo hicieron durante 2 meses antes sin descanso y sin pesar, como lo que son: verdaderos guerreros del amor.

Pasamos una noche de mucha incomodidad y malestar físico, mi padre otrora gran deportista, hombre super vital, enérgico como un león, yacía inmóvil, preso en su cuerpo según sus propias palabras.

Pasó duros tratamientos, rehabilitaciones y situaciones que le producían vergüenza y pudor, impotencia. En su final la vida le dotó con estas duras enseñanzas que afrontó con valor y dignidad, pero esa no era vida para un tigre que ya había vivido más que suficiente.

Por la mañana luego de no dormir, mi hermana y yo nos disponíamos a tomar un café y entonces nos llamó, nos pusimos una de cada lado, le tomamos las manos. Creo que dijo gracias. Preguntó por mamá, habló de mi hermano y empezó a respirar con dificultad. Le dijimos una vez más que se fuera tranquilo y con libertad al encuentro de sus seres queridos, le expresamos nuestro amor y gratitud, él asentía con dificultad y su rostro se llenaba de paz mientras su respiración de apagaba, cada vez más espaciada.

Así murió Don Jorge Gómez Romero, mi padre.

Escribo esto con orgullo, tristeza, calma y alegría. Pasó los últimos días dotado de notable lucidez y lleno del amor de sus hijos, su mujer y su mejor amigo (tiene, tenía, no sé… un amigo desde hace 76 años!) que vino para despedirse y se ocupó de charlar, reír y recordar mil cosas con mi viejo, mientras le hacía masajes, lo acariciaba y le abría su corazón. Su amigo también es un viejo de 83 años, Don Miguel Conde, su amigo español, ¡olé!

Mi familia me permitió experimentar una vivencia de la muerte tal como la siento, como un pasaje hacia la luz en el que debemos sostener y acompañar sin intentar impedir este pasaje, sin excesivos
dramas. ¡Les agradezco tanto! Me permitieron también cantarle canciones y vivir ese momento con mucha naturalidad. Pudimos velarlo en casa, en la cama, tapado con su poncho de gaucho y rodeado de fotos y cartas de sus amores y un angelito que le dibujó mi hijo Valentín. Rezamos, cantamos y lloramos con dulzura, respetando su rostro de calma y armonía. Fue algo diferente, luminoso. Tanto pasamos de las formas y tan cómodos estábamos que su amigo Miguel decidió dormir a su lado esa última noche con mi papá ya muerto, o ya transformado, no sé…

También pudimos cumplir su voluntad y luego de ser cremado, esparcimos las cenizas en su lugar sagrado. Una tierra que pertenece a nuestra familia desde hace generaciones. Lo acompañaron un colibrí azul tornasol, libélulas y mariposas, cantaron miles de pájaros y con el viento, los árboles hacían una música marina.

Sólo una cosa más: agradecer a todos mis compañeros y maestros, al trabajo de Yumma Mudra y la Danza Duende, gracias a todos y a la apertura amorosa de mi familia, pude vivir este momento de este modo gracias a todas las enseñanzas y prácticas.

¡Soy muy afortunada! Además decir que siento que es muy importante seguir entrenándose en el camino de la meditación, era lo único que podría haber hecho mi papá y no sabía cómo hacerlo.

Su mente era un mar embravecido por momentos y no tenía más herramientas que nuestras palabras y caricias para afrontar las danzas caóticas de su mente.

Este estado cesó 2 días antes de su partida y con océanos de amor que llovían sobre su ser, encontró la calma y partió.

Buen viaje viejo querido, gracias por tanto.

La Negra, Abril 2013.

http://www.thelysrituales.com/
thelysbcn@gmail.com

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